EVENTS CALENDAR

Recent News

La polémica de las vacunas y el autismo sigue viva
Hay estudios con posturas a favor y en contra del vínculo de la inmunización con el trastorno del espectro autista
Published Monday, April 15, 2019 5:00 am
by Marga Parés Arroyo
Por El Nuevo Día
 (semisquare-x3)
(GFR Media)

Al igual que hizo con su primogénita, Charlotte Levine llevó a su segundo hijo a vacunarse hasta que, casi al cumplir el año, notó unos signos que le preocuparon, como reflujo severo.

“Detuve la vacunación. Se identificó que era alérgico al huevo y hay vacunas hechas con embrión del huevo”, dijo sobre su hijo de 10 años, diagnosticado con autismo al poco tiempo.

En retrospectiva Levine lamentó no haber identificado su reacción al huevo si le hubieran hecho un protocolo de pruebas de alergia a su niño, previo a la vacunación.

“Todavía estoy bregando con eso. Todos los años tengo que renovar el affidavit (para no vacunarlo) porque en la escuela te amenazan rápido con el Departamento de la Familia por ser irresponsable, cuando, mira lo que me pasó por ser responsable y llevarlo a vacunar”, dijo Levine.

Beatriz Marie Brasdovich no dudó y, cuando nacieron sus gemelos hace dos años, los llevó a vacunar.

“Prefiero que estén vacunados para prevenir enfermedades. Aunque no he tenido la experiencia de un niño con autismo tras la vacunación, sé que hay muchos estudios que no relacionan el autismo con las vacunas”, dijo.

Resaltó que entiende que algunos padres puedan relacionar al autismo con las vacunas, ya que entre los 18 a 24 meses, los niños comienzan a mostrar su personalidad, etapa en que ya han recibido la mayoría de las vacunas infantiles.

A cuatro meses de que sus gemelos ingresen a un pre-escolar, la puertorriqueña residente en Ohio está preocupada por la interacción que sus hijos pudieran tener con niños no vacunados.

“Es igual que cuando los llevas al parque, ante la posibilidad de que hayan niños no vacunados”, dijo.

La alegada relación de las vacunas con el autismo sigue causando opiniones divididas. El núcleo de esta controversia data de 1998, cuando el doctor Andrew Wakefield publicó una investigación preliminar en la revista “The Lancet”